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La Carretera de Cormac Mac Carthy, Editorial Mondadori

octubre 22, 2011
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Miguel González Medina 3ºB

CarreteraSe trata de una maravillosa novela. Es extraordinaria. Es de lo mejor que he leído en mi vida. Es una novela triste, tristísima, oscura, llena de dolor y de muerte. Pertenece a ese tipo de literatura que se llama post-apocalíptica.

Un padre y su hijo huyen hacia el sur. No saben hacia dónde, solo saben que en el sur hace más calor. Eso es todo. Unos años antes ha tenido lugar el apocalipsis definitivo. La naturaleza, los bosques, todo ardió durante meses y casi toda la humanidad pereció. Ya no quedan pájaros ni cultivos en el campo. Los días son grises, helados, muy fríos. El padre tiene un mapa de carreteras, roto, y gracias a él se van orientando, aunque les da igual pues no tiene rumbo fijo. Todo el libro es el relato de las aventuras y de los sucesos que les van ocurriendo durante su vagabundeo hacia el sur. Por el camino se encuentran con bandas de humanos que se han agrupado para sobrevivir y que dan caza a supervivientes para alimentarse con ellos. A algunos los esclavizan para que trabajen para ellos. Cuando ya no pueden más, los sacrifican y se los comen. Estos son a los que el chico llama “los malos”. Después están “los buenos”, que son los que se ayudan entre ellos. Los buenos son los que aún conservan el fuego en el corazón, el fuego de la bondad y de la compasión. Los buenos tienen ese fuego en su interior y lo alimentan. El chico tiembla ante la sospecha de que pueda haber malos, el padre también, y ha enseñado al hijo cómo se apunta y se dispara el arma contra uno mismo para suicidarse, en caso de que los malos vayan a capturarles. Solo tienen dos balas, mejor dicho una, porque el padre gasta una bala en poner en fuga a uno de los malos que había cogido al chico. En un momento de la novela se meten en una casa para investigar si hay comida dentro, y se encuentran con que los malos tenían en el sótano como reserva de comida a un montón de personas, de supervivientes debilitados, fatigados, algunos incapaces de levantarse del suelo, otros ya estaban muertos y medio despiezados, comidos, devorados por sus cazadores.

A ratos recuerdan el pasado. El padre recuerda el suicido de la madre cuando esta ya no quiso seguir viviendo, harta, desmoralizada por la brutalidad de esa vida. Quiso perderse en la noche helada y peligrosa. No encontraron su cadáver.

El frío es tremendo, y la obsesión por la comida es permanente. Ambos arrastran un carrito con sus víveres, pero estos se van acabando por más que racionen la comida. Viajan continuamente aterrorizados por todo, escondiéndose de cualquier cosa que vean o que oigan en la lejanía. El padre sabe que está muy enfermo pero se lo oculta siempre al chico y llora a escondidas cuando su hijo duerme. Pero por la noche vienen las pesadillas, y dormir no es ningún consuelo. Todo es oscuridad, y frío, todo está podrido, todo está vacío, y todo es negro. Ya casi con la muerte encima, encuentran un búnker de hormigón, camuflado en el patio de una casa. Estaba a rebosar de alimentos, cosas deliciosas, ropa, jerséis, calcetines. Mantas limpias. Jamón, chocolate, té. El paraíso. Pero no era un sitio seguro y no pueden permanecer mucho tiempo. Otra vez a la carretera. Se encuentran con un anciano. Comparten comida con él. No pueden hacer más. Cada uno sigue su camino. La ceniza lo llena todo y es muy difícil avanzar con el carrito. Por fin llegar a la costa, casi sin comida y enfermos de diarrea. Los ríos se han vuelto grises. Las tormentas de fuego han fundido las calzadas y las aceras. Tosen hasta tener náuseas. Hasta el mar se ha vuelto del color del hierro. El viento peina la ceniza que todo lo inunda. Encuentran un barco naufragado y lo saquean. Finalmente el padre, el pobre padre, que tanto había sufrido se desploma sobre la playa. El chico cuida al padre moribundo. Quiere irse con el padre, pero este le dice que tiene que quedar alguien que sepa cuidar del fuego, el fuego sagrado y limpio de la compasión y de la piedad. El fuego del alma. El padre pide perdón al chico por tener que dejarle allí, de esa mala manera. Antes de despedirse el padre le dice que siempre le hablará desde su interior y que ahí siempre podrá escuchar su voz. El padre muere esa noche. Durante tres días el chico está velando el cadáver del padre, en la playa desierta y solitaria, bajo la lluvia negra. Al tercer día aparecen un hombre, cubierto de cicatrices, y una mujer. Eran buenos, eran de “los buenos”. Ellos acogen al chico y la mujer lo abraza. La pequeña familia se marcha carretera adelante. En aquellos lugares alguna vez hubo un río con truchas, brillantes y musculosas, y el bosque olía a musgo ….

“- ¿Qué pasa, papá?

– Nada. Estamos a salvo. Duerme.

– Todo va a ir bien, ¿verdad, papá?

– Sí, todo va a ir bien.

– Y no nos va a pasar nada malo.

– Desde luego que no.

– Porque llevamos el fuego.

– Así es, nosotros llevamos dentro el fuego “

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