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Nieve en Primavera, de Moying Li, Editorial Bambú

mayo 7, 2011
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He querido leer este libro porque siempre me ha atraído mucho la historia de la China Moderna. Sobre todo desde que leí el librito de Feng Ji Cai “Que broten cien flores”, y que trata de la Revolución cultural, que por cierto no tuvo nada de cultural sino más bien fue todo lo contrario.

Nieve en primavera es la historia de la autora desde sus primeros años de vida, desde que tiene memoria, digamos, hasta que logra marcharse de la China post-maoísta a Estados Unidos con una beca de investigación. El libro es muy simpático y muy fácil de leer. El lenguaje es muy sencillo y se lee muy rápido.

Cuando uno lee obras de este tipo se admira ante la capacidad de aguante del ser humano, por un lado, y, por otro, ante su infinita crueldad. Leer este libro es un paseo por un mundo de pesadilla, por un infierno, un verdadero infierno que ni siquiera las personas más duras y crueles podrían imaginar. Los primeros recuerdos de la autora están ligados a una de las mayores locuras maoístas, el gran salto hacia delante, y que consistía en ponerse al mismo nivel que Inglaterra pero en quince años. Con el gran salto hacia delante empieza una pesadilla que acabará con la vida de millones de personas humildes. La autora cuenta que para superar la producción de acero de Estados Unidos tenían que llevar a los altos hornos sus platos de metal, las cazuelas, las cucharas, las hebillas, los botones, las tijeras, … Todo lo que fuese de hierro o de metal. Como consecuencia no tenían ni con qué guisar o comer. Además el acero así producido era tan malo que no valía para nada. Pero al Partido le daba igual sólo querían ver cifras de producción y nada más. Cuando por fin acaba el gran salto hacia delante, la sociedad china está agotada y atontada: la gente enfermaba de comer solo arroz, hacían jornadas de trabajo de once horas diarias, sin vacaciones ni festivos. El padre de la protagonista está ahorrando durante dos años para poder comprar un kilo de carne de cerdo, es decir, que en dos años no prueban la carne. Los funcionarios del partido ponían impuestos extraordinarios a la gente que les caía mal y, encima, no podías mostrar que no eras feliz, pues el régimen de Mao era el paraíso en la tierra. Si se enteraban de que estabas triste o deprimido, o de que llorabas a escondidas, eras llevado a un campo de prisioneros o te empujaban al suicidio.

Durante esta época la autora era muy niña y no se enteraba de mucho. Ella se entretiene contando sus canciones infantiles, sus juegos, sus cancioncitas.

En 1966 empieza la terrible revolución cultura, ese mismo el director de su escuela se ahorca. Ella tenía doce años, y ya se enteraba de todo. Es una tormenta que todo lo arrasa y lo destruye. La chica es obligada a estudiar lenguas extranjeras y llevada a un Instituto muy lejos de su casa. Su padre es detenido y llevado a un campo de reeducación. La mujer, entonces, ha de divorciarse de él. Los libros y los viejos discos son pisoteados y destruidos. Estudia inglés, pero sólo pueden traducir el Libro Rojo de Mao traducido al inglés. Está prohibido todo lo occidental, por ejemplo Shakespeare. Un día el director es detenido y torturado por los guardias rojos, incluso traen a su hijita de siete años para que lo acuse y la obligan a que le golpee con un palo en la cabeza. El director se suicida. De vez en cuando, la Guardia roja aparecía cantando: “El Partido es vuestra madre y vuestro padre. A quien se atreva a desafiar al Partido lo mandaremos al infierno. Matad, matad, matad”

Los amigos se convierten en enemigos, el amor en odio. El gobierno obligaba a que todos se comportaran como locos y delatores.

En 1970, la autora es llevada a la Mongolia Interior, porque Mao había dicho que los estudiantes debían de ser reeducados por los campesinos. Allí está con otros estudiantes y sufre más hambre y entrenamientos militares de treinta kilómetros. Sólo podían ver tres películas, una de ellas estaba escrita por la mujer de Mao. Se las sabían de memoria, palabra por palabra. Es entonces cuando encuentra su única vía de escape: la lectura. Encuentra un almacén con libros prohibidos, de Mark Twain, de Shakespeare, etc. Y empieza a deleitarse con esos autores en medio de la muerte y la brutalidad de todo.

A los dieciocho años la vuelven a montar en un camión y la mandan a otra escuela y la ordenan que se haga profesora. La vuelven a mandar a otra ciudad, pero entonces conoce a un anciano, que había sido editor y traductor de obras extranjeras y que le empieza a enseñar, de veras, el inglés. Todos los días va a ver a ese señor y todos los días le va corrigiendo y mejorando su inglés.

Entonces la llevan de nuevo a Pekín, todo está derruido, mal cuidado, sucio y viejo. Muere Mao y la autora entra en el Instituto de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, un día recibe la visita de un chino de tercera generación, de la universidad de Harvard, que le propone recibir una beca para continuar estudios en Estados Unidos. Y ella no se lo piensa dos veces.

La obra acaba cuando llega a Hong Kong dispuesta a abandonar China. Tardó veinte años en volver a su patria.

“Los libros me ofrecían más que una simple vía de escape divertida. En cierto modo estaba recuperando el control de mi vida. Mi club secreto de lectura me ayudó a mantener encendida dentro de mí la llama de la educación cuando a mi alrededor todo era odio y la más atroz de las oscuridades”

Miguel González Medina, 2ºA

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