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Zapatos Italianos, Henning Mankel, editorial Tusquets.

febrero 11, 2010
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La sensación que deja la lectura de Zapatos italianos es de serenidad, en la primera parte sobre todo. La serenidad conseguida por el aislamiento y la huída del mundo. Es la situación del protagonista. Ha llenado su tranquilidad artificial de pequeños rituales, como hacer cada día un agujero en el hielo y cuidar de sus animales. Está rodeado de nieve y hielo, paisaje perfecto para él. Cada vez que se rompe esa paz es de una forma inesperada para el personaje, y para el lector también. Lo mejor de la novela es ese ritmo de absoluta nada roto por un suceso o personaje sorprendente. Crea pequeños universos como el del bosque donde vive Louise, sus vecinos, Agnes y sus chicas, o la vida ignorada de Harriet. Hay títulos, como el de esta novela, que hacen esperar con impaciencia el momento en el que se nos revelará su significado. Cuando ocurre ves que es un título perfecto, incluso se puede lucubrar sobre sus significados simbólicos. Está narrado en primera persona, desde la perspectiva del protagonista Fredik, un médico jubilado. La voz del personaje consigue que sintamos mejor el ritmo del que hablaba : el agobio cuando aparecen casi en tropel nuevos personajes y situaciones que cambian la vida del anciano; después, la sensación de soledad cuando desaparecen. Vuelve a su mundo aislado, pero ya no es el mismo lugar, no hay soledad, está vacío. Poco a poco nos vamos enterando de la vida anterior de Friedrik, de sus razones para estar en la isla, de su carácter y de los momentos que cambiaron su vida. El argumento puede leerse en la página de la editorial. Por cierto, la clasifican como policíaca y no es policíaca. Hay un muerto en extrañas circunstancias, pero lo dejan atrás, unas líneas.

Siempre me siento más solo cuando hace frío. El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo.  Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y que lo que hago es preparar allí mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, con un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?  Pág.13

Conducir a través de un paisaje nevado es como haber traspasado la barrera del sonido. Todo es silencio, tanto a tu alrededor como en tu interior. El verano o la primavera rebosan de sonidos. Nunca hay silencio. Pero el invierno es mudo. Pág.83

En una pared se leía un lema pintado a mano, supongo que del puño de Giaconelli. Alguien llamado Zhuang Zhou había dicho que «Cuando el zapato se ajusta bien, nadie piensa en el pie».Pág.155

Me levanté y entré en la habitación en la que aún se hallaba el telar de mi abuela, con una alfombra a medio tejer. No existe otra imagen más clara para mí, ésa es la imagen de la muerte; se presente en el momento que se presente, siempre viene a molestar. Una alfombra que nunca se termina, como nuestras vidas. Pág.190

Me senté en el banco. De pronto, recordé la noche del solsticio de invierno. Aquella noche, sentado en la cocina, pensé que mi vida nunca cambiaría. Y ahora, seis meses después, nada era como antes. Ahora, el solsticio de verano nos llevaba de nuevo a la oscuridad. En la distancia oí las voces que llenaban mi, por lo general, tan silenciosa isla. Pág.292

Grisel Foz

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